Ramón Boldú, o la desfachatez

Ramón Boldú es un hombre sin imaginación. Probablemente por eso es nuestro mejor (por no decir el único) dibujante autobiográfico. Puede que en Estados Unidos el memorialismo costumbrista sea un género (ahí están, para apoyar esa teoría, personajes como Robert Crumb, Joe Matt o Chester Brown), pero aquí, el único individuo que conozco dotado de una desfachatez total a la hora de explicar su vida en dibujos es el inefable Ramón Boldú.

Curtido en la redacción de la inolvidable revista Lib (¿para cuándo una reedición en facsímil de este hito del periodismo español que tan bien nos lo hizo pasar a muchos en la mili?), Ramón Boldú ha llegado a la madurez incapaz de tomarse en serio ni a sí mismo ni al mundo que le rodea. Y ha sido, precisamente, en la falta de lógica del mundo en general y de las relaciones sentimentales en particular donde ha encontrado el material para sus demoledoras historietas. Quien lo dude no tiene más que consultar sus dos obras más magnas hasta la fecha, "Bohemio pero abstemio" y "Memorias de un hombre de segunda mano".
Despiadado con sus seres queridos y, sobre todo, consigo mismo, Boldú ha ido acumulando toneladas de caspa sentimental hasta componer una obra sin paragón y sin vergüenza. Como en ella solo explica cosas que le han sucedido a él y a los que han tenido la desgracia de cruzarse en su camino, el resultado es demoledor. Hasta tal punto que uno no comprende cómo este hombre puede salir a la calle sin que le partan la cara varias veces al día. Amigos, conocidos, hijos, padres, ex-esposas… todo este arsenal humano ha sido utilizado por el artista como si fuera una fregona aplicada con saña a las baldosas de la existencia. Hasta tal punto de que un día la propia hija de Boldú le suplicó que dejara de arrastrar por le lodo el buen nombre de la familia (el artista dijo que lo haría en cuestión de dos semanas, y las empleó para terminar una historia especialmente sangrante).

Leer las historietas de Boldú es asomarse a la intimidad de unos seres humanos, a sus (muchas) miserias y (escasas) alegrías. Es, también, asistir a la autoflagelación de un hombre plenamente consciente de que para reírse de los demás hay que empezar riéndose de uno mismo. En ese sentido, Boldú es despiadado: asuntos que otros silenciaríamos se convierten para él en el centro de sus tramas.

La obra de Boldú es, al pie de la letra, eso que los anglosajones definen como work in progress.
No va con él el retiro, la meditación y la soledad. Boldú necesita salir a la calle a que le pasen cosas insólitas y chocarreras con las que llenar sus páginas. Y en las páginas de este hombre, señores, puede que no encuentren un dibujo académico, pero les aseguro que si buscan en ellas sangre, sudor, lágrimas y semen no quedarán defraudados.

Ramón de España

Texto que aparece en el libro editado por el Instituto de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona y que se publicó como catálogo para la exposición de originales en el Palacio de la Virreina de Barcelona, Abril a Julio 1998, "12 X 21, doce dibujantes para el siglo XXI"