Crónica
Publicada en: El Periódico
Fecha: 12 de abril, 2015
Periodista: Ramón de España
Circunstancias: el viernes día 10 había salido a la venta: "La vida es un tango y te piso bailando"
Lugar: Quedamos para hablar en el restaurante Apeadero de Barcelona (me invitó a un bocadillo)
Titular: Boldú, dibujante y payés

Boldú, dibujante y payés - El Periódico

–Maestro de la historieta autobiográfica, Ramón Boldú es nuestro Robert Crumb
–Cree que los alemanes soltaron éxtasis en la Segarra durante la guerra civil

Ser dibujante de cómics en España no es ninguna ganga. Y si no, que se lo pregunten a mi amigo Ramón Boldú –maestro de la historieta autobiográfica, ¡nuestro Robert Crumb!–, que hace unos días se fue a pedir un crédito a un banco. El hombre lleva unos años exiliado en L’Escala junto a su tercera esposa –por una de esas serendipias tan comunes en su existencia, se casó con ella el mismo día que la esposa número dos matrimoniaba con otro caballero– y a ambos les ha dado por trasladarse a algún pueblo alejado de la costa en el que ambos convivir felices con sus galgos, sus gallinas y sus ocas, cultivando el huerto. Como en esta sociedad hasta los proyectos de una vida horaciana pasan por los bancos, Boldú tuvo que recurrir a ellos y le preguntaron a qué se dedicaba. Dijo que era dibujante, motivando así la primera mueca de disgusto del funcionario de la oficina bancaria.
«¿Y no tiene nada que le respalde?», preguntó este (traducción: «¿algo que le podamos soplar si no nos paga?»).
«Bueno –repuso Boldú –, tengo unas tierras en Lleida que heredé de mi padre….».
«En ese caso –concluyó el banquero–, pondremos en la solicitud que es usted dibujante y payés, si no le importa».
Ramón Boldú (Lleida, 1951) acaba de publicar un capítulo más de su autobiografía dibujada, La vida es un tango y te piso bailando (editorial Astiberri), que se suma a Bohemio pero abstemio , Memorias de un hombre de segunda mano , El arte de criar malvas y Sexo, amor y pistachos . En esta ocasión, el artista se centra en sus padres, fallecidos no hace mucho y que en la hora final le soltaron la misma frase: «Perdóname, hijo». Otra serendipia típica de Boldú. De hecho, es el padre quien ocupa la posición central en el libro, que ofrece el retrato de un sujeto quimérico, apasionado de la literatura, que siempre pareció querer ser otra persona, aunque sin saber exactamente quién. Dice su hijo: «Trabajó toda su vida como bibliotecario en el Ateneu. Gracias a él, faltan las páginas finales de un montón de libros, ya que siempre las arrancaba porque sostenía que quedarse sin saber el final de una historia fortalecía el carácter. O sea, mi padre nunca leyó un libro entero. Siempre se quedaba a cuatro páginas del final».

La culpa, de los nazis
Ya en el geriátrico, Boldú padre se recicló en conferenciante de uso interno y maquilló su biografía para presentarse ante los demás reclusos como una mezcla de sabio y catedrático que por fin había encontrado el lugar adecuado para impartir doctrina. No es el único familiar del artista en el que se adivina cierta in-sania: «Hay una rama de locura en mi familia, no lo niego. Y me incluyo en ella. Igual todo es culpa del éxtasis que lanzaron los nazis en la Segarra durante la guerra civil…»
Boldú asegura que los aviones alemanes que bombardearon la zona la rociaron con un elemento químico antecesor del éxtasis de discoteca, y que ello explicaría las extrañas visiones experimentadas por su padre y su tío Juan , que ya de pequeño empezó a dar muestras de excentricidad y se volvió definitivamente tarumba en su juventud, cuando le abandonó la novia (se dedicó a trabajar en el campo hasta que murió atropellado en su pueblo).

Una confesión imprudente
El tono de La vida es un tango y te piso bailando es bastante distinto del de sus libros anteriores. «Será la edad», dice él. Probablemente. El Boldú actual ya no es el gamberro que dirigía Lib y despistaba las fotos de Interviú para su propia revista, ni el alegre juerguista promiscuo que pasaba los veranos en un cámping nudista de Cap d’Agde, ni siquiera esa víctima de la sinceridad en la que se convirtió cuando le dio un patatús y, creyendo que se iba al otro barrio, le confesó a su segunda mujer todas sus infidelidades con pelos y señales (el artista sobrevivió, evidentemente, pero su matrimonio no)…
El Boldú actual es un señor de sesenta y tantos años con tres hijos a cuestas. Como casi toda la gente de su edad, sigue sin entender a sus difuntos progenitores, pero ya ni lo intenta, limitándose a retratarlos con fatalista sinceridad.
Y aún le queda tiempo para recordar sus visitas a la mansión de Ferrándiz , el de los célebres christmas de pastorcillos, versión en dos dimensiones del universo Lladró, quien le hizo concebir la posibilidad de vivir del dibujo.

Vivir del cómic
«No lo he logrado nunca –reconoce el artista–. El otro día eché la cuenta de lo que me reportan los tebeos y calculé que unos 120 euros al mes». Pero eso no le va a impedir seguir en sus trece, compartiendo sus vivencias y reflexiones con el público, por escaso que este sea. Y si para conseguir un crédito con el que acceder a una vida mejor hay que hacerse pasar por terrateniente ilerdense, adelante con los faroles.
Total, como demuestra su obra, si algo le sobra a nuestro hombre es desfachatez.