Publicada en: http://www.gatropolis.com/literatura/entrevista/ramon-boldu-la-voz-que-no-cesa/
Fecha: 25 de septiembre de 2017
Periodista: Patandi
Lugar: Por teléfono

Ramón Boldú: “De Miguel Hernández destacaría su humanidad”

En 2013, Ramón Pereira y Ramón Boldú publicaron, con guión de ambos y dibujos del segundo, el cómic biográfico sobre el poeta Miguel Hernández, La voz que no cesa. Con motivo de la celebración en el actual 2017 del 75 aniversario de su muerte, la editorial Astiberri ha reeditado el libro, con prólogo de Joan Manuel Serrat. Gatrópolis ha tenido el placer de conversar con el historietista nacido en Tarroja de Segarra (Lleida), Ramón Boldú.

¿Cómo surgió esta iniciativa de reeditar La voz que no cesa? 

Bueno, aquella primera edición que se hizo con EDT se agotó y la gente no podía encontrar el libro porque aquél fue el último que publicó esta editorial y ya no estaba en el mercado, por lo que se lo propuse a Astiberri, y a través de ella se ha vuelto a editar. La obra ha tenido algunos cambios. Se ha ampliado con otras páginas nuevas, porque en la presentación que de aquella edición se hizo en Alicante estuvo un primo de una persona cuyo padre conoció a Miguel Hernández en la cárcel y permaneció con él hasta su muerte. Me presentó a su hijo y éste me contó muchas cosas durante varios días, historias que no habían salido nunca. Con esta información, hablé con Astiberri y propuse incluir estos hechos sucedidos en la cárcel y que en la primera edición no aparecieron. En cuanto a la parte gráfica también hemos hecho variaciones que han mejorado la presentación del libro y están más acordes con nuestra idea inicial. Además, la calidad de la portada es mejor.

Esta manera de difundir la literatura a través del cómic, ¿podría ser un medio útil para acercarla a quienes no son adictos a la lectura? 

En España no se lee mucho. El hecho de explicar literatura en cómic sí permite llegar a gente, pero también hay otras personas que nunca han leído cómics, porque piensan que están sólo relacionados con el Capitán Trueno, etc., y se han sorprendido de que el cómic también les acerca a la vida de poetas como Miguel Hernández. Creían que el cómic es algo sólo para críos y se han dado cuenta de que va más allá. Y esta obra nuestra es una más de esas que van en esa línea.

Entiendo, pues, que La voz que no cesa ha supuesto un descubrimiento del cómic para muchas personas… 

Sí, sí… me han dicho, “vaya, me he sorprendido… También se tratan cosas serias'”. Y yo les he respondido (riendo): “pues sí…”. Está bien que la gente se dé cuenta de esto.

¿Cómo surgió la sociedad Pereira-Boldú para crear La voz que no cesa?

Yo estaba escribiendo otro libro que hablaba, precisamente, de la guerra, La vida es un tango y te piso bailando, en el que se habla de cómo la pasó mi familia. A mitad del cómic, Ramón Pereira me pidió que le hiciera dos o tres páginas sobre Miguel Hernández. Yo tenía algún libro de él, como El rayo que no cesa, que leí siendo muy joven, y cuando aún estaba prohibido, y me gustó. No sabía mucho de él como persona, sólo que había estado en la cárcel, que estuvo en las trincheras, que murió encarcelado… pero poco más. Me gustaba mucho su poesía, tan surrealista por un lado pero tan humana por otro. Y les hice a Ramón (Pereira) estas tres páginas. Pero al cabo de un mes me llamó la editorial EDT y me dijeron que querían que hiciera todo el libro. Y así fue. Quise explicar la parte más humana del poeta, no la parte de los datos que están en Internet y en todos los sitios, y que conoce todo el mundo. Quise exponer su relación con Maruja Mallo, Josefina Manresa, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez, Pablo Neruda… Quise imaginarme qué conversaciones tenía con todos ellos, y así fue creciendo todo hasta terminar en este libro del que tan orgulloso estoy.

Supongo que en el camino también encontraría algunas trabas, ¿verdad? 

Por ejemplo, Ramón Pereira no quería que contáramos la relación de Miguel Hernández con Maruja Mallo. La familia de él nos dio permiso para que sacáramos algunas partes de sus poemas, pero se negaba a que contásemos nada sobre esa relación. Entonces yo dije que había que explicarlo todo. Tampoco se quería hablar del pequeño pique que tenía con Rafael Alberti o con Lorca, pero al final lo pusimos todo.

¿Cómo definiría el perfil de Miguel Hernández tras haberlo conocido con su trabajo de investigación para este cómic? 

Yo lo definiría como una persona muy inteligente, uno de los poetas más grandes que ha habido, comparable con Alberti, García Lorca… A él le costó mucho superar el ambiente del que venía, muy hostil. Pero creyó mucho en su trabajo. Yo lo que más destacaría es que era muy humano. Todo lo que creó fue por humanidad; habla del amor, de la solidaridad, del sentimiento, de cuando murió Ramón Sijé, que lo sintió mucho… Lo que escribió sobre él es bestial, te pone los pelos de punta. Sólo hay que ver lo que fue capaz de escribir con 32 años, con qué sentimiento. Está el detalle de cuando estuvo en la cárcel a unos pocos kilómetros de donde vivía su mujer, y lo trasladaron a Madrid, mucho más lejos. Y él para consolar a Josefina le dijo que no se preocupara por ello pues con la distancia aumenta el cariño. Le ocurrió con la poesía algo similar a lo que me pasó a mí con mi vocación por el cómic, que encontró la oposición de su familia, que quería que se dedicara mejor a las cabras. No le veían futuro. Muchas conversaciones que tenía él con su padre o su suegro al pedirle la mano de su hija Josefina las he tratado como si me hubieran sucedido a mí. Porque entiendo estas situaciones, me son cercanas. De ahí que las haya podido recrear de una manera natural.

Usted que ha escrito en sus cómics sobre sí mismo, ¿qué le resulta más complejo, hacerlo sobre uno mismo, sobre otras personas o sobre personajes imaginarios? 

Cada cosa tiene sus razones. Cuando escribo sobre mí, como lo hago sobre cosas que pasaron hace 15 años, me resulta más fácil reírme de mí mismo. Y al reírme de mí, los lectores también se ríen. Intento que la gente disfrute. Cuando me dibujo no me respeto nada. En cambio, cuando he dibujado a Miguel Hernández lo he hecho con mucho respeto. Pero no desde el respeto en el sentido de hablarle de usted, sino de tú a tú, pero con cariño. No me he reído de él en ningún momento. En cambio de mí sí lo he hecho. Esa es la diferencia. Lo he respetado aunque también le he dado algunos toques de humor.

Quizás, en esta sociedad tan convulsa en la que vivimos no vendría nada mal saber reírse de uno mismo… 

Sí, sí, claro. Sería bueno. En una obra no todo puede ser drama, también hay que darle un toque de humor. Lo mismo que no podemos reírnos durante una película entera. Lo que me importa es que cuando la gente coja un cómic mío no pueda dejar de leerlo hasta el final.

Su vocación por el cómic nació fruto de la lectura de otros grandes de este género, como la mayoría de niños de generaciones anteriores a la actual era de las nuevas tecnologías, que consumíamos cómics a todas horas. ¿Cree que se ha perdido un poco esta afición en los niños actuales? 

Claro. Si mi madre me daba cinco pelas me las gastaba en un cómic, El Capitán Trueno, etc. Mis nietos quieren mi móvil para buscar juegos, y les digo que no tengo. Y se los bajan con una habilidad… Eso es normal. Pero sea por el medio que sea, la gente quiere conocer historias y cosas de los demás. También hay jóvenes de 21 años que quieren leer.

Su padre ha tenido una importancia muy grande en su obra, ¿es cierto? 

Con esto de Miguel Hernández he encontrado una similitud en este sentido, porque mi padre era muy suyo. A lo largo de mi obra ha ido saliendo él, como en mi primer libro o en La vida es un tango y te piso bailando, donde él me cuenta la guerra; y como él era lo he ido plasmando. Pero más que nada, para reírme con el lector. Siempre que me pasa algo duro en la vida intento explicarlo con algo de humor, aunque la gente luego diga que es un drama.

¿Cuáles son los proyectos que tiene anotados en su agenda? 

Después de Miguel Hernández y de La vida es un tango y te piso bailando estoy desarrollando un tablero que nació en este cómic, que es un tablero de ajedrez pacífico. En tiempos de guerra, qué mejor que un tablero que hable de la paz, en el que el Rey no juega y todas las fichas lo hacen igual, y cuando se juntan no se matan. También he sacado Los Sexcéntricos, que publiqué entre los 70 y los 80 en la revista Lib, y me lo tuvieron perdidos durante 20 años, y cuando los he recuperado he pensado reeditarlos. Explica todos los tejemanejes que hay en las editoriales. Y ya tengo una tetralogía en la que hablo del más allá, pero con un tono de humor. Va a salir un libro cada año. Tengo el guión y voy a empezar a dibujarlo ya.