Publicada en: el diario EL PAIS
Fecha: Julio 2000
Periodista: Ramón de España
Lugar: en mi propia casa
Circunstancias: recién finalizado el rodaje de “The Uranus experiment”, película porno en la que yo había colaborado. Yo todavía no había dibujado el cómic relatando lo vivido, dicha experiencia aparecería a la luz diez años después con el título: “ Sexo, amor y pistachos".

 

Titular: “SALIR A LA CALLE ES COMO TIRARSE A LA PISCINA”
Destacado: Para el dibujante Ramón Boldú, su vida es su obra. Carente de pudor, prepara su nueva entrega autobiográfica, ‘Amor y pistachos’

Salir a la calle es como tirarse a la piscina - El Pais - Ramón Boldú

Pregunta. Echo algo en falta en casa, amigo Boldú... ¡Tu perro!... ¿Cómo se llamaba?

Respuesta: Higgins. Murió, el pobre. Hace un par de meses. Un ataque al corazón, pero se me metió en la cabeza que se había atragantado con algo y se había ahogado, así que lo llevamos a un veterinario para que reconociera el cadáver. Deberías haber visto la cara que poníamos mi mujer, nuestros dos hijos y yo mientras el veterinario le metía el brazo entero por la boca al pobre bicho a ver si encontraba algún hueso...

P. ¿Ya has dibujado la correspondiente historieta al respecto?

R. Aún no. Ya sabes que yo procedo por orden cronológico, así que mis historietas van ligeramente por detrás de mi vida.

P. Tu vida es tu obra, me consta. Primero publicaste Bohemio, pero abstemio. Luego, Memorias de un hombre de segunda mano. ¿En qué está ahora?

R. El próximo libro se llama Amor y pistachos. ¿Te conté que estuve haciendo de ayudante de dirección en una película porno?

P. Algo me habías explicado: que te llevaste a tu hijo de intérprete porque tú no sabías inglés...

R. Hay que rentabilizar al muchacho, que para algo le he pagado cursos en Estados Unidos. La película se llama Uranus exploration, o algo parecido, y la han rodado los de Private entre Sant Cugat y Vilassar. ¿Sabes qué hacía el equipo en los ratos muertos? Comer pistachos. Allí se follaba y se comían pistachos, eso era todo. De ahí el título Amor y pistachos.

P. ¿Qué tal te lo pasaste?

R. Muy bien. Y mi hijo también. A sus 19 años recién cumplidos, llegó al rodaje en un estado de gran timidez, pero enseguida se hizo el amo del cotarro. Lo más curioso era la diferencia de actitud entre los actores españoles y los extranjeros. Los de fuera eran nórdicos, eslavos... Mientras esperaban para entrar en acción, ellas hablaban de trapitos y ellos leían revistas de motos. Una frialdad tremenda, la verdad. Los españoles, por el contrario, tenían muy buen rollo. Si un tío tenía que rodar y no se empalmaba, le pedía a una de las chicas que le practicara una felación. Ella se la hacía y tan contentos.

P. Tus historias dan para ser adaptadas al cine.

R. Estoy en ello. Intenté montar una serie de televisión sobre un dibujante de cómics al que le pasan cosas insólitas, pero la cosa está en el limbo.

P. Lo tuyo es muy crudo para la tele, Boldú, ahí el que triunfa es ese pedazo de humanista que es Emilio Aragón.

R. Ya. Pero la gente le gustan mis historias, y al ver que yo no tengo el menor pudor para explicar lo que me pasa, ellos me explican cada cosa... Gracias a los tebeos he conocido a personajes con unas fantasías asombrosas...

P. ¿Por ejemplo?

R. Un día, una mujer me propuso hacer un trío con su marido...

P. Eso no es muy original.

R. ¡Pero es que el marido estaba muerto! Ella conservaba las cenizas en casa, dentro de una urna, y quería que hiciéramos el amor delante de los restos del pobre hombre. Intuí que sus problemas mentales me superaban y decliné amablemente la oferta.

P. Cuéntame alguna que hayas aceptado.

R. Hay una historia que estoy dibujando en estos momentos. Conocí a una chica y me la llevé a casa de mis padres para echar un polvo. Mis padres no estaban, claro. Cuando salíamos, nos cruzamos en la escalera con un perro con muy mala pinta. La chica empezó a acariciarlo mientras a mí se me ponían por corbata, pero enseguida se desinteresó de ella y se acercó a mí. Yo salí corriendo escaleras arriba y no paré hasta que salí a la azotea y cerré la puerta... Allí, en el tejado donde jugaba en mi infancia… De mi infancia recuerdo, por ejemplo, que de pequeño pensaba que las mujeres tenían pito, y que me preguntaba cómo se lo hacía la gente para venir a este mundo a través de un agujero tan pequeño...

P. Tu mujer debe de ser muy comprensiva, ¿no?

R. Me quiere tanto como yo a ella. Me respeta y sabe que todo lo que hago es para tener material para mi obra. Es que a mí, ya lo sabes, me basta con la realidad para construir mis historietas. Para mí, salir a la calle es como echarme a una piscina. El mundo está lleno de historias increíbles.

P. ¿Nunca se te ha cabreado nadie al verse en tus dibujos?

R. Hubo un tipo que quiso llevarme a juicio, a pesar de que le había cambiado el nombre, pero al final lo dejó correr. Una vez dibujé una historia que pasaba en mis tiempos de hippy, cuando el amor libre y todas aquellas chorradas. En una secuencia, estábamos un montón de gente en plena orgía y un niño pequeño, hijo de uno de los participantes, deambulaba por allí intentando que alguien le hiciera un bocadillo. Veinte años después, ese crío me llamó para agradecerme que le hubiera convertido en el personaje de una historieta.

P. ¿No se indignó tu primera mujer con todas aquellas historietas sobre vuestro divorcio?

R. No las leía. La que me retiró la palabra fue nuestra hija. Acabamos haciendo las paces, pero me hizo prometer que no dibujaría nada más sobre su madre. Fue una promesa fácil de cumplir, pues el tema ya no daba más de sí.

P. A tus hijos ¿qué les parece lo que haces?

R. Bueno, estos chicos de ahora son muy conservadores. Si su madre se pasea en pelotas, le ruegan que se vista. Y el pequeño, en concreto, considera que lo hago todo mal. Quizá es que nos comunicamos demasiado.

P. Es lo que decía Homer Simpson: el problema de la familia es un exceso de comunicación.

R. Cuando cada miembro de la familia tenga un televisor portátil individual, todo se arreglará. Será fantástico. ¡Varias personas juntas, sumidas en el programa que les interesa, sin discusiones, sin dirigirse la palabra!

EL PAIS, Julio 2000